UN PAPÁ NOEL – RELATO DE CRISTINA GALEANO

Otra historia de relato-regalo de mi amiga uruguaya, Cristina Galeano –
www.regalato.wordpress.com
UN PAPÁ NOEL
 
—Román, en un Shopping, ¿aceptarías hacer de Papá Noel por unas horas?— fue aquella original propuesta, que marca el inicio de esta historia.
 
Por aquel entonces yo trabajaba en el gremio de la Salud. Por supuesto tenía claro, que siendo enfermero nunca iba a poder cambiar mi viejo Volkswagen por un último modelo, ni llegar holgadamente a fin de mes. Sin embargo, me sentía muy feliz de cumplir con aquel rol de servicio que había elegido y de formar con mis compañeros de trabajo un tan buen equipo.
A decir verdad, atender a los pacientes no me resultaba nada complicado. Era, por ejemplo, con amabilidad ofrecerles más comodidad en la cama, con responsabilidad traerles su medicina a la hora exacta, con una sonrisa saludarlos con un: “¡Hola!“, pegado a su nombre, o lisa pero profundamente escuchar sus necesidades. Cualquier broma, receta o anécdota que, aunque fuere por un instante intercambiáramos, muchas veces tenían un resultado calmante; y la simple pero atenta pregunta: ¿Cómo se siente? surtía el efecto de …“¡Oh, sí! ¡Este ser humano me comprende!“.
 
—Román, ¿a que hora viene mañana? ¡No se tarde en darse una vueltita cuando llegue!— solían decirme mi pacientes en mi última ronda…
 
“Allá afuera, ¿será de día o de noche? ¿Hará frío o calor? ¿Habrá alguien en la calle?”, eran las habituales preguntas, cuando con la vista aún encandilada por la dura luz de los tubos luces, me disponía a colgar mi túnica blanca hasta mi próxima jornada.
En los ratos libres, sin embargo, me distendía “a piaccere“con mi otra gran vocación: asistir a clases de teatro. Fue por esta vía, pues, que me surgió aquel original ofrecimiento de hacer de Papá Noel por unas horas.
 
 “¡Este disfraz me queda pintado!“, aprobé muy satisfecho frente al espejo del probador del Shopping ya listo para salir a escena. Previamente, mi exigente y escrutadora mirada había controlado cada detalle; estaba bien asegurado el almohadón que me haría de panza, y abundantemente esparcida la algodonosa barba blanca…
 “¡Acción Papá Noel!“, me dije conteniendo la respiración ante aquella nueva experiencia. Comenzaba a sentir esa revitalizadora savia que nos recorre cuando con gusto se ha aceptado realizar una tarea.
Muy despacito, entonces, fui abriendo aquella puerta…
 
—¡Jo,Jo,Jo!, exclamé, al instante, del otro lado.
 
¡Cómo para pasar desapercibido! Chicos y grandes me descubrieron. Al son de mi campanita sus risas corrían libremente…
 
—Nene, nena, ¡miren!, ahí está Papá Noel— escuché entre un contagioso tintineo de alados zapatitos.
 
Y así fue que entre barullo y algarabía, a mis oídos y a mi corazón, comenzaron a llegar una avalancha de pedidos…
 En el caso de los varones, las clásicas pelotas y camisetas de fútbol o de basketball eran los más codiciadas. Seguían los autitos, juegos de playa y de mesa; y, dependiendo de lo que a los chicos les gustara hacer en sus ratos libres: instrumentos musicales, libros, dvd, jueguitos electrónicos. Cuando uno me dijo: “Quiero un mp4“, bien tentado estuve de preguntarle… “Nene, ¿sabes cómo se usa? ¡Por favor!, ¡explìcame!”.
 
 Por supuesto, algunos deseos, mucho me contaban de sus vidas, de su status social y económico…, de sus necesidades afectivas. Como por ejemplo:
 — Papá Noel, este año,… ¡no me traigas ropa!
— Por favor Papá Noel, ¿podrá traerle un trabajo a mi papá que está muy triste?
— ¿Para qué, más juguetes Papá Noel? Ahora, quiero una moto de agua.
 —Papá Noel…Yo quisiera un futbolito para algún día jugar con mi papá. ¡Ah!, y también algo bien lindo para mi abuela.
 —Papá Noel, ¿usted, podría hacer, que mi mamá me lea un cuento?
 
 En el caso de las nenas, los encargues de muñecas llevaban la delantera. Recuerdo el caso de unas niñas que se me acercaron juntas. Tendrían unos 5 o 6 años. Así decían sus dulces vocecitas:
 —Señor Papá Noel, yo quiero una muñeca de trapo. Las barbies son muy duras y no me abrazan en la cama.
 —A mí me gustaría la última barbie; y, ¡por favor! que venga con muchos vestidos de fiesta.
 —Yo Papá Noel quisiera una muñeca. ¡Cualquiera!, pero que sea mía sola… no heredada de mis hermanitas.
 —¡Por favor Papá Noel! …yo le agradecería que me dejara mucha plata… así mi mamá se sienta conmigo a hacer los deberes y está más en casa.
 Inexorablemente iban pasando las horas. Las muy tiranas hacían que mi ¡Jo,Jo,Jo! ya no repiqueteara tanto. Las luces de los flashes comenzaban a espaciarse; las caritas color ilusión, se iban alejando.
 
 “¡Qué enriquecedor había sido hacer de Papá Noel! ¡Y hasta me pagarían por ello!“, realmente fascinado concluí mientras mis pasos se dirigían al probador del Shopping.
 “¡Misión cumplida!“, me dije satisfecho.
 A escasos metros de la puerta, sin embargo, entre melancólico y curioso, acariciando aquella suave y larga barba blanca, en medio de un suspiro, reflexioné:
 
“¿Qué sentiré al despojarme de este superpoderoso traje rojo? ¿Cómo será volver a ser el humilde Román?, el que siempre vive conforme aunque trabaje “para la diaria“… “
“¿Podría yo…, aunque sea por una vez, permitirme la ilusión de pedir un deseo? Mmmm, quizás sea bueno soñar. ¡No sé…!, pedir algo que me estremezca… dejar correr por mi sangre un poco de fantasía”
 
 ¡Y así, sin hacerse rogar, allá voló ella a mis palabras, con alitas de rebeldía!:
 —¡Siiii! ¡Quisiera pedir un deseo… que traspase barreras…! Qué, como dicen los chiquitos, ¡llegue más allá del cielo!:
¡Qué en Nochebuena…, nunca jamás a ningún niño le falte un plato de comida! ¡Ni tampoco un juguete y un abrazo! … Y que, ¡por favor!, ¡siempre, siempre!, se mida el regalo a partir del afecto…
¡¿Qué más lindo para un chico que jugar con su papá a la pelota?! ¡¿O para una niña…, contarle a su mamá lo que hizo su muñequita?! Y luego, en su cama, tal cual fuera un nido, bien acurrucaditos, escuchar un cuento e irse durmiendo despacito.
 
Mmmm, ¡lo más probable que nunca jamás en mi vida me cruce con estos pequeños!, supuse algo acongojado mirando la punta de mis zapatos. Cuando llegué a la puerta del probador, aquel último ¡Jo,Jo,Jo!, retumbó con una cierta veta de tristeza. Por supuesto, ¡igual sonreí! Los niños me agitaban las manitos… con sus almas satisfechas.
—Román ¿Qué tiene para contarme hoy de nuevo?— más tarde, en el sanatorio, me preguntó uno de mis pacientes…
Con color ilusión en las mejillas, entre aleteos de fantasía, le conté mi pedido de Nochebuena.
 
AUTORA- María Cristina Galeano
 
 

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