TU ÚLTIMA MUÑECA: relato de Cristina Galeano (Uruguay)

TU ÚLTIMA MUÑECA

 

Faltando una hora para terminar mi horario de trabajo en la inmobiliaria, tú, aún mi tierna hijita con 23 años, envuelta en voz de misterio me decías por teléfono:

—Mamá, cuando salgas pasá por lo de Cecilia, tengo una noticia para darte.

—¿Buena o mala?— respondí con el corazón en la mano

—“Clic“, sonó del otro lado.

 

 Apenas te miré, una vena marcada en tu frente me puso en estado de alerta:

 —Mamá, estoy embarazada, ¡vas a ser abuela!— me anunciaste.

Cuatro tazas de té caliente al hilo me hicieron bien para entrar en calor, apenas.

 ¡A mí, esto no me está pasando! ¿O, sí?, me pregunté, aún, clavada a la silla…

Para que no lo dudara, tú me ayudabas un poquito:

—¿Sabes mamá? Con Gonzalo queremos formar un hogar. Queremos casarnos… ¿Verdad que estás contentísima de tener un nietito? ¡¿Verdad que sí?!

En una respuesta de oso desconcertado, mi respuesta fue una sola:   

¡Sí, claro, hijita! … ¡Pero a partir de este momento, te va a cambiar a la vida…!

 

Al minuto nomás, yo me preguntaba, pidiendo socorro por dentro “Ay, ¿hacia dónde correr primero?”

 Tú, hija, me indicaste el primer paso:

 — Mamá, ¡tú que eres tan buena…! ¿Podrías decírselo a papi?

Te obedecí ciegamente; no podía aún razonar demasiado. Sin mucho preámbulo, con la mirada húmeda y el amor de siempre, le conté la primicia al flamante abuelo.

El segundo paso lo dio Gonzalo, con aquella expresión de respeto por la familia y de orgullo por el hijo que venía en camino; cuando, ni más ni menos,… ¡nos pidió la mano de la nena!

 

De allí en adelante, todo sucedió de corrido. Nos quedaban dos meses, para conversar con los consuegros, ir al Registro, a la imprenta, buscar modista, comprar tela para el vestido, elegir salón de fiestas, discoteca, fotógrafo, decidir si habría brindis con champagne y torta o,… una fiesta con tutti.

La elección de la Iglesia comenzó por entrenarnos en salto de obstáculos. Allí hubo que resolver desde que si cura o mejor diácono, de que color serían los arreglos florales, quienes leerían algunas palabras, hasta sacar una “mariposa technicolor“en coro de guitarras.

 

 Sin embargo, no creas, que entre tantas corridas no tuve mi día de “PARE”…Fue cuando desde el fondo de mi rincón de mis recuerdos, encontré tu última muñeca…, la que te había regalado tu papá a la bajada de aquel ómnibus en una madrugada de escarcha…

Aquella a la que con cualquier trapito le hacías algo lindo…

Aquella… con la que jugabas cuando eras una nena de colitas.

 “¡Oh! Mi pequeña hijita, ¡va a ser madre!“, me decía, aún anonadada. Sin embargo, había mucho para pensar, muchísimo para planear, y tanto más para concretar. Por lo tanto, aquella muñeca, con una caricia de mi corazón volvió a quedar bien guardada, en el hondo rincón de mis recuerdos.

 

 Inolvidables aquellos aprontes ¡Qué contagiosas tus carcajadas en los ensayos con tu papá, practicando la entrada a la Iglesia…! ¡Ahh!, y,…cuando faltarían dos días para la fecha tan esperada… ¡Qué expresión de enamorada tenías al escuchar la voz de Gonzalo en el teléfono! De pronto, me sobresalté, tu cara se fue poniendo algo violácea. El te comentaba cordialmente:

Silvi, mi amor, hoy me encontré con los amigos del barrio y le conté que me casaba. Me dijeron que irían a la Iglesia y a la fiesta para acompañarnos.

 

 ¡Oh, no!, tu obsesión de que nunca falte ni miga ni gramo, hizo que gritaras ante mi desmayo:

 —¿Sabés qué, Gonzalo? ¡No me caso nada!

¡Horror! se me caía de la mano la lista de los invitados. Sin embargo, el refrán: “una vez andando el carro, se acomodan los zapallos“, resultó ser muy acertado en este caso.

 

¡Sí! También abrigo vívidos recuerdos de aquel 25 de octubre…La llegada al Registro Civil, en un día húmedo por donde se mirara… ¡Qué chic, estabas tú Silvana con aquel trajecito turquesa! Embobada, yo observaba cada detalle de tu carita de ángel…Tus pocitos en las mejillas, tus labios sonrientes, tu mirada brillante… ¡Todo desparramaba amor a raudales, cuando le diste el “sí“, a quien amabas con toda tu alma!

 

Mmm…Fue en ese momento cuando me sentí algo descolocada. Por supuesto, aunque muy feliz por ti…, bien, bien en el fondo, me preguntaba: ¿Aún, será un poquito mía?…

 Salvadores abrazos y felicitaciones desviaron mis pensamientos en otra dirección. Con un ahogado sollozo te dije al abrazarte: “¡Te felicito, querida!”

 

Veinticuatro horas más tarde, había llegado el gran día. Tu vestido había sido ajustado, y el cierre del mío, ¡subido, por fin hasta arriba! Ya era hora de irnos al hotel con aquellos dos carritos rojos. Allá nos vestiríamos para irnos a la Iglesia…

 ¡Pienso que fue aquella y no otra tu despedida de soltera! ¡Qué alboroto!

—¡Estoy tan contenta, mamá!, me decías saltando en tu cama, aún, de una plaza…

¡Eras mi nena,…y estabas a punto de vestirte de novia! Yo disimulaba mi emoción, con la vista en el jardín. Justo elevaba vuelo una paloma.

Para la “producción“nos fuimos a la peluquería. ¡Nos sentíamos unas reinas! Con sendos rulos y un delicado maquillaje, ¡nos guiñábamos un ojo tan compinches! Todo estuvo muy bien coordinado. A las cinco en punto ya llegaba tu delicado ramito de novia con rositas perfumadas. ¡Tu alegría, al verlo, se reflejó en el espejo de la peluquería!

 

 ¿Un recuerdo imborrable? Sin duda, la luz en tu mirada, al entrar a la habitación ya lista para vestirte de blanco; sin inmutarte, ni cuando los impacientes bocinazos del padrino, te instaban a ponerte en movimiento. ¡Ah! ¡Qué lindos recuerdos…!

 

Luego, cerca del anochecer, se escucharon las impactantes palabras: ¡Ya llegaron…!

 ¡Qué emoción! La marcha nupcial ya comenzaba su primer acorde. Me pregunté si bien amorosamente te estarían acomodando tu glorioso vestido blanco…Con un hondo suspiro, yo volaba detrás de aquella puerta maciza que, asombrosamente, se abría de par en par, como un capullo con el sonido de una campanita.

 

En aquel instante me estiraba desde mis zapatos como una jirafa. Era imposible aún verte por la distancia… ¡Pero sí podía imaginarte! ¡Mi pecho me hacía de redoblante!

En instantes, los dos ya estaban más cerca. Tu papá, de los nervios parecía acelerar el paso. y tú, con una sonrisa parecías decirle: “Papi, mas despacio“…

Cuando llegaron, ¡sentí que flotaba en el aire! Allí estaban, mi amor del brazo de mi hija vestida de novia. Demasiado sentimiento para el pecho de una madre ¡Casi, casi, me desmayo allá adelante…!

¡Por fin habías llegado! ¡Por fin podía mirarte! ¡Tú, querida hijita, simplemente estabas radiante…! Parecía movérseme el piso allá debajo ¿O serían quizás mis tacos tan altos? Me preguntaba cuando, cuando, sería el último acorde… Apretaba bien, bien fuerte mis labios para aguantar el llanto. Fervorosamente, rogaba:

 —¡Por favor!, ¡que no se me corra el maquillaje!

 

Algo que sin duda me caló hondo fue aquel “sí“, aquel que pronunciaste, acompañando el son de las guitarras, con adoración en tu mirada… ¡Yo, desde mi lugar de madrina, no me perdía detalle! Ese era el primer paso en tu camino, igual, al que yo, hace tantos años, había dado con tu padre…Pensé con un dejo de nostalgia y los ojos nublados:

 “¡Ahora sí, ahora sí, ya no habría vuelta atrás! ¡Te alejarías de mí y de aquella muñeca Barbie!“… Entonces, Gonzalo, te puso la alianza.

 

 Hoy, a casi cuatro años de aquel día, mucha agua ha pasado bajo el puente y algunas incógnitas se me han revelado:

Siento que con tu familia estás en el camino correcto. Cada cosa ocurre por alguna razón y en el momento exacto. Es algo maravilloso ser abuela de tu hijo Lucas…

Con él tengo la misma afinidad que contigo: el fútbol, el básquetbol, el tejo, las escondidas, la mancha color o simplemente imaginar juntos a la Tía Anacleta ¡todo es fantástico! Además, de yappa, tiene un segundo nombre que amo: Javier, ¡el nombre de mi padre…!

 

Pero hay además, una tercer incógnita que también me fue revelada…

El día que naciste le pedí algo a Dios…

Algo que temí mientras te observaba jugar con aquella muñeca de acción en las manos…

Algo que dudé mientras mirabas en el altar a Gonzalo…

Algo que dudé más aún,… cuando te vi con tu hijo en brazos…

Algo que ya sé, que siento cada vez que miro esa vena marcada en tu frente, ¡por la que corre tu sangre, sangre de mi sangre…!

¿Sabes, Silvana? ¡Toda la vida…, vas a ser un poquito mía!

 

 Autora – María Cristina Galeano

LIBRO – “Cosas que pasan”

 cristinagaleano@netgate.com.uy

www.regalato.wordpress.com

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