Reseña de: Piedad Matas Sánchez, “Crónica de un tiempo roto”

Tierras duras y tiempos difíciles: la escritura como terapia

Reseña de: Piedad Matas Sánchez, Crónica de un tiempo roto, Iznájar (Córdoba, España): Ayuntamiento de Iznájar, 2011, 288 págs., ISBN 978-84-937543-1-0

La historia social, la narración de las vidas de una sociedad o de una comunidad, puede asumir muchas formas, siendo una de las más llamativas entre ellas el testimonio, o sea la creación de un relato en que el ‘yo’ que narra es idéntico con el ‘yo’ narrado y el lector se deja arrastrar por la identificación directa con vivencias que le son ajenas pero a través de la lectura se le hacen inesperadamente cercanas.

 Así, sale a la luz, merced al Ayuntamiento de la pequeña localidad cordobesa de Iznájar, esta Crónica de un tiempo roto, historia personal y narrativa a pequeña escala situada principalmente en los años de la Guerra Civil (sin olvidar la pre-guerra y la posguerra), de la pluma de Piedad Matas Sánchez, vástago de una familia numerosa (la sexta de once hijos e hijas) de la clase de terratenientes medianos de un rincón de Andalucía que (así lo quiso la Historia) vivió toda la guerra en zona nacional. A pesar de esta ubicación en el tiempo, no estamos ante una cualquier reivindicación partidaria o intervención en el debate sobre la memoria histórica. Se trata, antes, de una visión muy personal de cómo fue el vivir y sobrevivir en tiempos difíciles, en un lugar aislado cuyo cotidiano, cuyas costumbres seguían en pie con o sin la guerra, aunque a veces modificadas por ella, y cuyas creencias tradicionalistas fueron pautando la vida de la narradora, Piedad Matas. Narradora que, a pesar de su condición femenina, de entrada nada favorable al ejercicio de la escritura, consiguió plasmar su día a día en un relato elocuente que habla de la vida de un pueblo, de la Naturaleza que lo rodea, y de las sensaciones interiores de la niña, y, sucesivamente, de la adolescente y de la joven mujer. Aquí podemos señalar la idoneidad del subtítulo que la autora ha dado a su libro: Testimonio de una sencilla mujer andaluza en una época dura y turbulenta.

 Piedad Matas Sánchez (1913-1996) fue también autora de otros manuscritos, uno de los cuales, estudio costumbrista, ya fue publicado, por el mismo Ayuntamiento iznajeño, bajo el título La feria de antaño (1997). Esta nueva crónica póstuma nos llega con un prólogo de Antonio Quintana, cronista de Iznájar y antiguo vecino de la autora, un epílogo de Carmen Galeote Matas, hija de Piedad y hoy residente en Luxemburgo, y una nota final de Eugenio García, poeta español domiciliado en Béziers (Francia). No falta, entonces, documentación para contextualizar las palabras de una joven que, por muy heterodoxo que pareciera su entusiasmo, desde chiquilla siempre quiso leer, escribir, adentrarse en el mundo de la escritura, universo por el cual lograba definirse y situarse.

 El ámbito familiar y comunitario relatado por la autora se revela como duro, cruel y rígido, pero a la vez atravesado por las indestructibles emociones humanas que ni el más férreo tradicionalismo ni las más retrógradas ideologías consiguen extirpar.

 En cierto momento de la guerra, los hermanos de la niña que se encuentran en el frente cuentan en una carta que se vieron obligados a alimentarse de lagartos (110). Hay invasiones incontrolables de piojos, de cucarachas, de ácaros. En la posguerra, a la niña le amenaza el párroco con el pecado mortal y el infierno por haber comido carne en Semana Santa, si bien finalmente le da la penitencia (153-155).

 Las costumbres iznajeñas son desde siempre muy tradicionalistas. La sociedad no tolera a las madres solteras, a las desesperadas que quieren poner fin a un embarazo insostenible. Incluso en los casos menos dramáticos, ‘los noviazgos se realizaban en aquel tiempo delante de los padres, sin poder siquiera darse un beso de bienvenida o despedida’ (113). Y empero,  hasta hallándose la gente en zona nacional, la guerra impone cierta flexibilización. Así, cuando las padres de cierta novia quieren vedarle el visitar a su prometido, combatiente herido, en el hospital, y ella replica, a sabiendas de que una boda católica ‘como debe ser’ la imposibilitan las condiciones de guerra: ‘Nos casamos o nos fugamos’, sus progenitores finalmente acceden a tan atrevida demanda y aceptan un casamiento relámpago, y el lector entiende que existen momentos en que, muy inesperadamente, lo humano consigue no afianzar sino mermar hasta el más acérrimo conservadurismo (113-114).

 En lo general, entre las más ásperas vivencias la escritura ofrece una posibilidad de superación, incluso de terapia, por medio del poder transformador de la palabra. Así, en un momento de la posguerra, a una de las hermanas de Piedad se le ocurre preguntarle a ella: ‘¿Tú que eres tan listilla, por qué no escribes una novela de todo esto?’ (233). Y la ‘listilla’ cumple. El texto que le sale resulta ser no novela sino memoria, pero no menos literario por ello. A través de sus páginas, y allende todas las privaciones y explotaciones que imponen la guerra y la tradición, trasparece una impresionante sensibilidad a la fuerza creadora del  lenguaje, alimentada tal vez menos por la sociedad humana que por la Naturaleza circundante. El ambiente campestre puede ser muy agobiante, y así la autora evoca los ‘veranos, con su asfixiante canícula y sus duros trabajos cosecheros’, si bien, más poéticamente, a la vez ‘el trigo limpio subía a los graneros, hasta rebosar los blancos trojes’ (246). Cuando puede, la joven escritora Piedad busca consuelo en el entorno natural, en pasajes que por su empática dulzura podrían recordar al García Lorca que creció en la Vega granadina, aquel del Libro de Poemas o de las Canciones. Así, cuenta nuestra autora: ‘Volví a los insectos, mis estrellas y luceros, a mi sol radiante con sus rayos acariciantes y luminosos … Montones de paja limpia de residuos, nos esperaban en la era, para recibir nuestro cuerpo en las largas veladas de las noches de plenilunio’ (241).

 Terminada la guerra y extenuándose la posguerra, el lector llega al fin del testimonio de Piedad para darse cuenta de que el mundo rural andaluz perdura y sigue con sus ritmos, pero al mismo tiempo algo ha cambiado para siempre, pues en el pasado y en aquel ambiente, muy difícil hubiera sido que semejante narrativa viera la luz firmada por una mujer, sea cual sea su condición social. Quedan las palabras y los recuerdos de Piedad Matas Sánchez como evidencia de que, incluso a partir de un tiempo roto, por la empeñada crónica, por la escritura encarada como terapia, siempre es posible tejer una visión redentora y recomponer todo un mundo.

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